A primera vista, una planta de tratamiento de agua puede parecer un espacio dominado por tuberías, balsas, depósitos y procesos técnicos. Un lugar para depurar el agua y garantizar que regrese al medio natural en buenas condiciones. Sin embargo, basta con detenerse a observar una realidad mucho más viva.
Entre los canales, las zonas húmedas y la vegetación que rodea estas instalaciones aparecen lavanderas, gorriones, garzas y otras muchas especies de aves. Algunas utilizan estos espacios para alimentarse; otras encuentran en ellos zonas de descanso o lugares adecuados para reproducirse. En determinados casos, su presencia aporta además información valiosa sobre la calidad ambiental del entorno.
Hace diez años, Veolia decidió prestar atención a toda esa vida que convivía discretamente con su actividad diaria. Así nació BiObserva, un programa que comenzó con un objetivo aparentemente sencillo: conocer, registrar y proteger la biodiversidad presente en las instalaciones gestionadas por la compañía. Una década después, aquella iniciativa se ha convertido en un amplio proyecto de ciencia ciudadana que combina la participación de los trabajadores, el conocimiento científico y la gestión cotidiana de los espacios. El programa se desarrolla actualmente en cientos de instalaciones y permite observar cómo evoluciona la fauna y la flora, detectar posibles riesgos ambientales y tomar decisiones para mejorar el entorno.
La principal singularidad de BiObserva es que buena parte de las observaciones no las realizan investigadores externos, sino los propios empleados de las instalaciones. Después de recibir formación, trabajadores que habitualmente desempeñan tareas técnicas o de gestión incorporan también la observación de la naturaleza a su día a día. Con prismáticos, fichas de identificación o aplicaciones de registro, anotan las aves que encuentran, el lugar en el que aparecen y las características del entorno. Lo que para cualquier visitante podría ser simplemente el avistamiento de un pájaro se convierte, al sumarse a miles de observaciones realizadas a lo largo del tiempo, en información útil para conocer la salud de un ecosistema.
Durante estos diez años, cerca de 250 voluntarios y voluntarias han acumulado más de 162.000 observaciones de aves en 71 instalaciones de todo el territorio español. En total, se han identificado 269 especies diferentes, una variedad que muestra que estos espacios pueden albergar una riqueza natural mayor de la que suele imaginarse. Entre las especies más habituales figuran la lavandera blanca y el gorrión común, dos aves estrechamente vinculadas a los entornos urbanos y a las zonas transformadas por la actividad humana. Pero los registros también incluyen numerosas aves acuáticas, especialmente relevantes en las plantas de tratamiento de agua.
Más del 24% de las especies observadas pertenece a este grupo. La presencia continuada de aves ligadas a ríos, estanques, balsas y humedales puede servir como un indicador del estado de los ecosistemas acuáticos cercanos. No significa que todas las instalaciones sean espacios naturales intactos, pero sí que algunas ofrecen alimento, refugio y condiciones adecuadas para especies que dependen del agua.
Los datos acumulados permiten, además, ir más allá de la fotografía puntual. Una observación aislada puede tener un valor limitado, pero diez años de registros permiten identificar tendencias: saber qué especies aparecen con mayor frecuencia, comprobar si algunas dejan de observarse o detectar cambios en el uso que las aves hacen de cada espacio. Esa continuidad es precisamente una de las fortalezas del programa. La biodiversidad no se comprende únicamente contando especies en un momento determinado. Para saber cómo se encuentra un ecosistema es necesario observarlo durante años, comparar estaciones y analizar cómo responde a los cambios del clima, del paisaje o de la propia gestión de las instalaciones.
BiObserva no se ocupa únicamente de las aves. En los últimos años, el programa ha ampliado su campo de actuación al seguimiento de la flora exótica invasora, uno de los principales problemas para la conservación de la biodiversidad. Una especie exótica es aquella que aparece fuera de su área natural, generalmente como consecuencia directa o indirecta de la actividad humana. No todas provocan daños, pero algunas se expanden rápidamente, desplazan a las especies autóctonas y alteran el funcionamiento de los ecosistemas.
En el marco del programa se realiza un seguimiento de estas plantas en 710 instalaciones. Hasta ahora se han recopilado 1.387 observaciones, de las cuales 592 corresponden a especies invasoras consideradas prioritarias. Entre las más frecuentes se encuentran la caña americana y el miraguano, dos plantas capaces de extenderse con rapidez y ocupar grandes superficies.
La caña americana, por ejemplo, suele aparecer en riberas, canales y zonas húmedas. Su crecimiento denso puede desplazar a la vegetación propia de estos ambientes y modificar el hábitat disponible para otros seres vivos. El miraguano, por su parte, es una planta trepadora que puede cubrir arbustos y árboles, dificultando su crecimiento.
Detectar estas especies a tiempo es fundamental. Cuando una planta invasora se encuentra en una fase inicial, todavía puede ser posible controlarla antes de que se extienda. Por el contrario, una vez ocupa una superficie amplia, su eliminación resulta mucho más compleja y costosa. Y para desarrollar este trabajo, BiObserva cuenta con 232 gestores de especies invasoras. Se trata de técnicos de las propias instalaciones que han sido formados para reconocer las plantas, valorar el riesgo que representan y hacer un seguimiento de su evolución. El 86% de las observaciones registradas ya ha sido evaluado desde el punto de vista ambiental. En el 37% de los casos analizados se ha considerado necesario poner en marcha un plan de control y comunicación para reducir la presencia de la especie o avanzar hacia su erradicación.
De este modo, el programa no se limita a elaborar un catálogo de plantas y animales. La información obtenida se traduce en actuaciones concretas sobre el terreno: modificar determinadas prácticas de mantenimiento, controlar la expansión de una planta invasora o adaptar la gestión de una zona para favorecer la presencia de especies autóctonas.
Otro de los aspectos relevantes de BiObserva es que los datos no permanecen únicamente en los archivos internos de la compañía. Una parte importante de la información recopilada se comparte con el Sistema Mundial de Información sobre la Biodiversidad, conocido internacionalmente por sus siglas GBIF.
Esta plataforma reúne millones de registros procedentes de instituciones científicas, administraciones, museos, universidades y proyectos de ciencia ciudadana de todo el mundo. Su objetivo es facilitar el acceso a la información sobre dónde y cuándo se han observado las distintas especies.
BiObserva ha aportado más de 145.000 registros georreferenciados, es decir, observaciones asociadas a una localización concreta. Antes de publicarse, los datos son revisados y validados por especialistas para garantizar su calidad.
Esta información puede ser consultada por investigadores, organizaciones ambientales, administraciones públicas o cualquier persona interesada en la biodiversidad. Los registros permiten estudiar la distribución de las especies, analizar sus movimientos o conocer cómo responden a los cambios ambientales.
Los datos generados por el programa han sido citados ya en 129 publicaciones científicas. Una cifra que demuestra que las observaciones realizadas por los trabajadores pueden tener una segunda vida más allá de las propias instalaciones y contribuir a investigaciones de alcance nacional e internacional.
La colaboración con organizaciones especializadas en conservación y ciencia ciudadana, iniciada en 2017, ha permitido reforzar la metodología del proyecto y asegurar que las observaciones se realizan siguiendo criterios comunes. En un programa en el que participan muchas personas y numerosos centros, esta coordinación es esencial para que los resultados sean comparables y útiles.
El programa también plantea una reflexión más amplia sobre la relación entre la actividad empresarial y la naturaleza. Durante mucho tiempo, las infraestructuras industriales se han considerado espacios separados del entorno natural. Sin embargo, incluso los lugares profundamente transformados por la actividad humana pueden mantener funciones ecológicas relevantes. Una planta de tratamiento de agua nunca sustituirá a un humedal natural, pero sus balsas, márgenes y zonas verdes pueden convertirse en áreas de alimentación, descanso o refugio para diferentes especies. La manera en la que se gestionen estos espacios puede aumentar o reducir ese valor ambiental.
Evitar determinadas actuaciones durante la época de reproducción de las aves, conservar zonas de vegetación, reducir el uso de productos químicos o controlar las especies invasoras son decisiones que pueden marcar una diferencia. Para adoptarlas, primero es necesario conocer qué seres vivos están presentes y cómo utilizan cada instalación. En este sentido, BiObserva ha contribuido a cambiar la mirada de quienes trabajan en estos espacios. La biodiversidad deja de ser una idea abstracta o un asunto exclusivo de científicos y naturalistas. Pasa a formar parte de la experiencia cotidiana de los empleados, que aprenden a reconocer las especies y a comprender mejor el entorno en el que trabajan.
Esa implicación personal es uno de los valores de la ciencia ciudadana. Observar un ave, identificar una planta o seguir la evolución de una zona concreta ayuda a generar conocimiento, pero también refuerza el vínculo de las personas con la naturaleza. Coincidiendo con su décimo aniversario, BiObserva afronta ahora una nueva etapa. El programa quiere ampliar sus colaboraciones y fortalecer la relación entre empresas, administraciones, entidades científicas y organizaciones sociales.